Algunas personas sienten más de lo que viven, sienten de forma intensa cosas que para los demás son cotidianas o pasan desapercibidas, y eso no las convierte en dramáticas. De hecho, a veces, las personas sensibles se rechazan a sí mismas por miedo a parecerlo. Porque hay una mierda cultural que dice que sensible es igual a débil. Las personas que sienten más de lo que viven son sencillamente personas sensibles. Algún día la sensibilidad no se considerará algo vergonzoso, será una forma de inteligencia o una forma de sentir más. Las personas sensibles serán alguien a quien todos querrán tener cerca porque de alguna manera, las personas sensibles ven algo más. Tal vez lo que sobra o tal vez lo que nadie quiere ver.

Hablando se entiende la gente. O no. Pero no puedes no entenderte sin antes hablar y darte cuenta de que no te entiendes.

A veces uno siente pena y otras, puta pena.

La primera pena es una pena sencilla, una pena compasiva, una pena bonita, una pena estéticamente apropiada y políticamente correcta. La pena que se experimenta por alguien que no eres tú y que tiene un problema que no es tuyo. Se escucha un “Ay…qué…pe…na…” que suena a “virgensita que me quede como estoy”. Una pena que se desdibuja sobre una expresión lánguida, levemente ladeada. Es una pena real, sentida. Solo que al mismo tiempo es resbaladiza. Entra dentro, pero cae pronto. Reflecta. La puta pena, en cambio, es una pena poderosa, con presencia, una pena que te impregna, que te empapa y no se seca, que se queda. Una puta pena patente y vibrante.

La pena común, la pena-pena o la pena “a secas”, va de afuera hacia dentro pero rebota de nuevo, tiene prisa por salir y volver a su lugar de origen. La pena que es puta pena va de afuera hacia dentro, se queda ahí, hace poso, y luego se erige hacia arriba, hacia el todo, hacia lo que es, luchando contra lo que no debería ser.

Hoy he tenido que decirle a un señor en Sol que por pulsar muchas veces el botón de llamada, no iba a subir más rápido el ascensor. Una pequeña lección de una millennial a un señor que no tendrá paciencia para abrirse un Facebook pero tampoco para la vida.

No sé qué estará por venir pero todas estas noches escribiendo con Wasabi acurrucado a mi lado, no las sustituiré por ningún sucedáneo emocional. ♪Brian Eno — Deep Blue Day♪

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Bajo una atmósfera de fritanga que empaña esta barra de bar sobre la que me deslizo, con un polo color granate que deja ver las marcas del sudor de una jornada de trabajo, un camarero, a mi derecha, alza el brazo para alcanzar una aceitera recubierta en su superficie por su pegajoso contenido. Me dice con tono empático: “¿qué taaaaaaaaaaal guapa?” Le miro. Me mira. Le digo: “Shiny, shiny, shiny boots of leather. Whiplash girlchild in the dark. Comes in bells, your servant, don’t forsake him Strike, dear mistress, and cure his heart. Downy sins of streetlight fancies. Chase the costumes she shall wear Ermine furs adorn the imperious Severin, Severin awaits you there I am tired, I am weary
I could sleep for a thous”.

Y entonces, introduzco las dos palmas abiertas de mis dos manos bajo sus axilas, y él las cierra con fuerza. Su frente brilla y mis manos también. Pasado un rato, me despido con dos besos en cada mejilla y me voy a casa.

 

Había estado en muchos bares, casi todos de barra plateada que son los que a mí me gustan, pero ninguno con barra plateada y forma circular. El aprovechamiento del local es sin duda, favorable para el empresario pero también resulta confortable para el cliente. Comienzas pidiéndote una caña en un punto de la barra según entras por la puerta y vas rotando de taburete en taburete hasta completar tu círculo vicioso de manera que el bar te escupe pasadas las horas, en la puta calle borracha y satisfecha. Satisfecha porque al fin comprendes esa sensación de haber completado un círculo, de haber terminado lo que habías empezado. No diré dónde está porque no quiero que esta barra se convierta en un bebedero de pollos descabezados, tipo lo que se ve en esos vídeos de YouTube que critican el maltrato animal en los mataderos. Esta puta barra es mía. Y ahora me pondré a correr en círculos hasta que el camarero me ponga una tapa o me televise como si protagonizase una carrera de galgos.

 

 

 

El problema de beber en una barra plateada con forma circular es el vacío fértil. Esa sensación que algunos indican como propia de esta era postmoderna y que se refiere a ese momento en el que ha terminado una etapa pero aún no ha comenzado otra nueva. La solución autodestructiva que propone Belén Celada sería entrar en bucle y no salir jamás de este bar circular. Por suerte o desgracia, el bar cierra. Esto te llega a pasar en el carrefour 24h y te sacan muerto pasadas las semanas.