Yo no corro ni siquiera para escapar de un incendio. Me quedo ahí, en medio de las brasas, esperando a los bomberos. Son profesionales cualificados, los he visto con mi propio par de ojos en las fotos del calendario que cuelga de la puerta de mi cocina y está claro que son ellos los expertos en apagar fuegos, yo solo los provoco y los soporto. Nadie espera que sea la víctima la que se rescate a sí misma echándose cubos de agua sobre la cabeza, eso sería una solución casi homeopática de un problema que exige una intervención mayor. Además, tras calcular todas las raíces cuadradas y divisiones de más de 3 números, he logrado despejar el valor de X y he de decir que X es igual a que huir sería un error. Quién sabe si por correr hacia un lado, el fuego no elegiría ese mismo sentido para extenderse. No digo que el fuego tenga una intención malévola pero la mala suerte con final apocalíptico está servida dentro de un universo que se formó a partir de una tremenda explosión y que ahora parece dirigirse a su propia autodestrucción. Esta intención puede extrapolarse a cualquier situación hipotética como este incendio mental en el que llevo atrapada toda la semana. Lo que más me asusta de estar asustada es sentir que soy la única que parece enterarse de que aquí está ocurriendo algo. Como cuando estoy en un bar de barra plateada, y un señor que lleva toda la mañana dándole a la tragaperras consigue el premio gordo. La ilusión que me embarga es inmensa y sin embargo, el hombre afortunado recoge las monedas casi tan molesto como cuando la máquina del metro te devuelve toda la vuelta en monedas. Pero hablaba de incendios y no de tragaperras cuando quería exponer que a veces, siento que me estoy quemando mientras que el resto de personas permanece impasible, sumergidas en sus rutinas. Antes, al cruzar la plaza de Tirso de Molina, me ha parecido ver a un hombre leyendo el periódico en un banco mientras se calcinaba. Este pensamiento ansioso, como muchos otros, me ha traído un recuerdo de la infancia. Aplauden ahora los psicoanalistas al ver que todo guarda una correlación. No como la calidad – precio del jamón de marca blanca que venden en el Día. Es un recuerdo de cuando tenía 8 años. En mi pueblo (marinero), había una fiesta que se llamaba “El entierro de la sardina”. Ese día se pegaban esquelas por la calle anunciando el entierro de una sardina hombre que dejaba viuda y desconsolada a su mujer sardina. A la hora que citaba la esquela, las vecinas de Luarca, todas ellas mujeres adultas, que no adúlteras, se vestían de luto para ir a llorar al recién fallecido. El recorrido comenzaba en el parque del ayuntamiento y terminaba en el puerto, donde esperaba el cuerpo de la sardina, un cuerpo de medio metro hecho de telas y estructura de madera, sobre una hoguera hecha de ramas. Pero hasta llegar allí, durante toda la ceremonia previa, no faltaban las galletas de anís y hasta la botella que iba pasando de mano en mano. Las mujeres gritaban desconsoladas. Eran llantos desgarradores, llantos de desconsuelo, llenos de galleta de anís triturada, incluso. Todas esas mujeres vestidas de negro encarnaban a la perfección el papel de plañideras y yo estaba ahí, como en casi en todos los momentos de mi vida que recuerdo, sin saber bien qué cojones hacía ahí. Decidí mimetizarme con el ambiente ingiriendo rosquillas de anís casi de manera compulsiva. Hubo un grito inicial que me posicionó dentro del grupo de mujeres como el hombre que escala una montaña y se hace adulto. Grité tan fuerte que todas asumieron que era yo quien cargaba con toda la tristeza dentro de mí. Incluso me sacaron cara de sardina. Recuerdo que a mi tierno cerebro aquella intensa experiencia le supuso un conflicto. El funeral podía ser falso pero mis emociones no, y una vez llegamos al lugar de la hoguera, seguía triste. Tuve una sensación casi real de pérdida. “Echaré de menos a esa maldita sardina, qué diablos”, “Era una buena sardina, maldita sea”. El sentimiento de pertenencia y el de desconsuelo eran otro conflicto que me hacía sentir bien y mal intermitentemente y el grito desgarrador que soltaba entre rosquilla y rosquilla ardía por mi garganta al tiempo que servía de empaste entre tristeza y camaradería. El grito estaba bien, pero las rosquillas eran aún mejores y mientras me comía una, todos mis pensamientos iban dirigidos a la sardina difunta. Y entonces, el fuego. Una ceremonia así solo podía terminar en un espectáculo pirotécnico. “Con lo fácil que hubiera sido cavar un hoyo, meter dentro a la sardina y echar tierra encima” – le confesé en el oído a una señora que llevaba la pamela más grande en la cabeza, la líder supuse.- Pero no me respondió. No lo hizo porque realmente no le dije nada, solo me imaginé diciéndoselo. Así que ahí me quedé. Fingiendo que lloraba de mentira. Observando frente a mí a esa sardina quemarse y a esa otra señora que estaba a mi lado bien a gusto al calor de la botella de anís y de las brasas. Estaba claro que el dolor era algo que había que soportar, que estaba dentro. Lo que no me convencía era hacer de ese dolor algo compartido salvo que convirtieras el dolor en un juego fingido.

🎶 Una furtiva lágrima. Enrico Caruso🎶

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